GOL ENCONTRA DE LOS CONSUMIDORES DEL BANCO CENTRAL

Por la vía del citado laudo, el BCU se ha hecho un gol en contra de los consumidores, no por falta de habilidad sino porque parecería que el BCU no entendió el partido que se está jugando.
Este fallo es un ejemplo de los problemas de diseño institucional de la Ley 18.159 (defensa de la competencia) que le otorga a los reguladores sectoriales la potestad exclusiva de su aplicación. Por ello, el que llevó adelante el diferendo y decidió fue el BCU y no la Comisión de Promoción y Defensa de la Competencia (CPDC). Desde esta columna hemos advertido, en más de una ocasión, lo inconveniente de este diseño por cuanto la defensa de la competencia no es el objetivo prioritario de los reguladores sectoriales y, más grave aún, en ocasiones sus objetivos pueden entrar en colisión con el de la competencia. Lamentablemente, esto es lo que ha sucedido en este caso que será paradigmático.
Síntomas de esto surgen del accionar del BCU a lo largo del caso. En el mes 8, de los 22 que duró el litigo, la Superintendencia de Servicios Financieros (a través de su Departamento de Estudios de Regulación Financiera) realizó un pormenorizado análisis favorable a la posición de Paganza (pro-competencia). Más de un año después, el Superintendente de Servicios Financieros emitió, con escasa justificación, una opinión desestimando lo mantenido por los técnicos de su sector. ¿Por qué? La más benévola de las razones que se nos ocurre es que, si uno tiene dos cabezas (la de regulación y la de competencia), un día piensa con una de ellas y otro día piensa con la otra.

En esta última oportunidad, el BCU desestimó lo que él mismo había dicho y tomó como bueno el informe de la CPDC, que fue consultada de manera no vinculante. Esto podría haber sido una buena noticia, pero manteniendo la complicada disciplina que impone el tener dos cabezas, el BCU leyó unos renglones y otros no. Aún cuando es discutible (por lo equivocada) la definición de mercado relevante de la CPDC, hay dos cuestiones que el BCU no podía (o no debía) obviar en la consideración de aquel informe.
La definición del mercado relevante que hace la CPDC fue la clave para el fallo a favor del Banco Itaú. Sin embargo, cuatro renglones previos a esa definición, la CPDC advierte que en ese mercado son las cuentas bancarias el insumo clave para operar. Como mínimo, extraña que la misma CPDC no haya reflexionado sobre ese punto, pero extraña aún más que el BCU no se haya detenido en analizar las implicancias de esto: si las cuentas son el insumo necesario y se permite el control exclusivo bancario ¿cómo se desarrollará el sector de las fintech en Uruguay? Esto sin entrar en una cuestión más profunda: ¿las cuentas bancarias son de los depositantes o de los bancos? ¿quién tiene derecho a decidir con quién operar?
Asimismo, en ese informe, la CPDC le acerca al BCU una serie de consideraciones de cómo han resuelto otras jurisdicciones la delicada situación de permitir a las fintech el acceso a las cuentas bancarias, cuidando a la vez la seguridad y confianza en el sistema bancario. Más aún, la CPCD observa que de hacer esto el BCU iría en la dirección pro-competitiva como por ejemplo la Unión Europea vía la Payment Service Directive 2 (PSD2).

Sin embargo, el BCU falló a favor del Banco Itaú, que a partir del 31 de octubre dejó de operar con Paganza. La disyuntiva para los usuarios del servicio será pasarse a la app de Itaú o cambiarse a otro banco. ¿Cree el BCU que esto es sencillo y de bajo costo o quedarán rehenes de la situación? En definitiva, el BCU está permitiendo a Itaú eliminar al competidor que había innovado en el sector. Dentro de las perl


as del larguísimo expediente está el reconocimiento de Itaú que el desarrollo de su app fue por simple imitación y como reacción a la innovación tecnológica que significó Paganza.
Por todo lo anterior, el BCU hizo un gol en contra a los consumidores presentes (por menor variedad) y futuros (por menor innovación). En el mundo, las fintech son el sector que corre al ritmo de la transformación digital y son las que cierran la brecha que separa las necesidades de los nuevos usuarios digitales y la oferta de servicios existente provista por los bancos. Finalmente, la moraleja de esta historia es que las nuevas tecnologías imponen desafíos a todos. Al BCU, la realidad digital y las nuevas tecnologías, que subyacen en el fondo de este caso, lo interpelaron y le dieron la oportunidad de dar el paso para encaminar el sistema financiero uruguayo en la senda de lo digital. Pero, esta vez, el BCU dejó pasar esa oportunidad.

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